La triste noche en Curacautín y lo que queda para los/as mestizas

“Un pueblo que oprime a otro pueblo, no puede ser libre”

Dioniso Inca Yupanqui

Por Negro Cuma

Ayer fue una noche triste para los/as que luchan en contra del colonialismo y neoliberalismo en Chile. Esto aplica en todos los sentidos; la reacción fascista se mostró con palos y barricadas, el pueblo mapuche se vio en una situación sobrepasada y, finalmente, la nula reflexión y práctica de los mestizos frente a este problema. De esto último me gustaría hablar, ya que pienso que no hemos sido capaces de volver a nuestros mismos orígenes, sino tan solo nos ha tocado un determinado momento histórico como clase trabajadora. Nos hemos hecho cargo de la historia del siglo XX en adelante, pero de los siglos anteriores, poco y nada se refleja nuestro compromiso.

Lo anterior se expresó de manera clara en la revuelta de octubre. Si bien, se expresaron consignas por la libertad de los pueblos originarios, entre ellos, por la causa mapuche, siempre fueron las demandas de los mestizos que se sobrepusieron en la agenda política. Por ejemplo, consignas y conceptos como “libertad al Wallmapu”, “autodeterminación” o “por una constitución plurinacional”, etc. Con todo esto, quiero decir de manera clara y fuerte: la conciencia de la clase trabajadora chilena respecto de la lucha anticolonial no fue genuina, tan solo fue una actividad panfletaria e ilusoria. Es duro, inclusive para el que escribe estas líneas, pero creo que el primer paso para esta reflexión se encuentra en el reconocimiento de nuestra culpa. En efecto, solamente desde ahí, nuestra conciencia recorrerá toda nuestra historia y se logrará posicionar como corresponde.

Sin embargo, de antemano ya tengo algunas reflexiones sobre esta posición, y es que primero, he comprendido que la tierra que pisamos, en cualquiera de los casos, no es de nosotros/as. Es cierto, la clase trabajadora es la que sufre explotación por parte de la burguesía nacional y transnacional, para que éstas  puedan apropiarse de las riquezas de la tierra y seguir acumulando infinitamente. De este modo, se podría concluir que la tierra es de quien la trabaja, pero ojo, es ahí en donde alcanza a recordar nuestra memoria, puesto que esta siempre le ha pertenecido a los pueblos ancestrales del territorio y nosotros/as venimos siendo el producto de la colonización salvaje de los españoles que llegaron a estas tierras, por eso, somos mestizos.

Por tanto, teniendo en cuenta esto presente, que parece ser tan simple pero a la vez tan significativo, creo que podemos empezar a reflexionar de manera aún más honda. Debemos incomodarnos, y preguntarnos quienes somos como pueblo trabajador, cual es nuestra cultura o visión sobre el mundo, nuestra posición respecto de la lucha anticolonial, etc. De esto modo, esta triste noche para el pueblo mapuche en Curacautín, se pueda transformar en un dolor para los mestizos, porque una de sus raíces está siendo brutalmente asesinada y despojada de sus tierras.

Por otro lado, respecto del proceso de mestizaje y el producto cultural de aquello, creo que todavía la sociedad chilena en su conjunto sigue siendo cristiana, quizás no de manera activa como en otras épocas, pero sí desde otros ámbitos sobre nuestra visión sobre la vida, la moral, la política, la economía, etc. En este sentido, mi punto no es tampoco renegar de las creencias, sino que cuestiono si nuestra cultura es también genuina y, más aún, si es realmente una cosmovisión, porque me he dado cuenta que lo sucedido en Curacautin, se puede explicar por la forma de relacionarnos en la sociedad y sus distintas expresiones, la que se encunetra dominada por la mercancía, por los objetos. Entonces queda lo siguiente: ni siquiera alcanzamos a ser cristianos en el verdadero sentido; nuestra religión es de la mercancía, por tanto, nos pondremos a todo aquel que intente doblegar al dios dinero. El cristianismo que se profesa no es más que una deformación traída desde el colono y, peor aún, desarrollado en una sociedad capitalista. En efecto, esto constituye un obstáculo para volver a pensar nuestras raíces como clase trabajadora.

Para terminar, y considerando todo lo anterior, puedo concluir que la tarea que nos resta como pueblo organizado es larga, pero además pienso que en esta reflexión que hagamos de manera colectiva, debe ir acompañada con la búsqueda de los saberes ancestrales y, además, del dialogo cara a cara con los que padecen este dolor de colonialismo. Desde un sujeto a otro sujeto, sin más trabas. Habiendo cumplido con todo esto, creo que lo otro es organizarse y articularse como mestizos junto con los pueblos originarios, para luchar en contra del capital y del colonialismo. Pero siempre recordando, en palabras de Dioniso Inca Yupanqui, que “Un pueblo que oprime a otro pueblo, no puede ser libre”. Si aspiramos a ser libres del sistema de dominación capitalista, no lo seremos en tanto que no seamos cómplices del dominio colonial.