Violencia y coronavirus; la infancia y sus pandemias.

De lo que voy a hablarles no es realmente nada nuevo, es sabido y pero poco hablado, un “secreto a voces” en buen chileno. Y es precisamente ese silencio el principal cómplice del maltrato infantil, y no, no hablo sólo de abuso sexual, sino también de todas las formas de violencia muy normalizadas en nuestra sociedad hacia los menores de edad; gritos, golpes, castigos severos, invalidación, no resguardo de sus derechos, etc. Y así como en otras áreas, la cuarentena nos viene a refregar en la cara que el principal lugar de violencia es el hogar. Sólo durante el primer mes de confinamiento aumentaron un 46% las denuncias por maltrato infantil (ONG activa) y a nivel local (Pudahuel) 7 de cada 10 niñ@s son violentados (entre 0-14 años) y 4 de cada 10 adolescentes (14-17 años) según consigna OPD, mayoritariamente por medio de agresión psicológica y física.

Ante estos antecedentes es imposible no cuestionarnos qué ocurre, como es que uno de los principales grupos de la sociedad está tan desvalido de derechos y parecen no haber mecanismos de acción para cambiar esto.

La respuesta no es clara, y probablemente ninguna respuesta nos satisfaga, pero hay un par de ideas que consideramos importantes, como que en este sistema todo lo que no sea “útil” pasa a ser tema de segunda, todo lo que no produzca riquezas es de tercera y cuarta categoría, lo podemos ver analizando las políticas públicas hacia personas en situación de discapacidad, el abandono y precariedad de las y los adultos mayores, la invisibilización de quienes realizan el trabajo doméstico y, por supuesto, la violencia sistemáticas a niños, niñas y adolescentes (en adelante NNA) que sin importar situación económica, pueden ser agredidos dentro de sus hogares, no obstante, la infancia pobre, la de nuestra clase, carga con más de un elemento agresor y se ve brutalmente marginada de una inmensa mayoría de espacios, limitando su desarrollo e inclusión social, lo que complejiza aún más la visualización de la violencia doméstica.

El Estado, como principal ente responsable de asegurar los derechos de NNA no realiza labores preventivas, pues sabe que el actual modelo neoliberal es incompatible con una crianza y un desarrollo infanto-juvenil adecuado y se dedica a meter bajo la alfombra esta contradicción, acostumbrándonos a que es normal vivir en un ambiente contaminado, estudiar en un lugar con precaria infraestructura, presenciar violencia física, sexual y psicológica, la mal nutrición y la escasez de tiempo para relacionarse con padres, madres y cuidadores, la falta de espacios amplios y estimulantes que subsanen en parte el hacinamiento de las casas y otro largo etcétera de vulneraciones. Dicha forma de acción no es azarosa, por el contrario, es una decisión política para mantener oculta la miseria de este sistema. La falta de prevención, información, reparación y sensibilización tiene como objetivo esconder un problema tan abismal, que no tendrá solución real en este modelo económico que solo re ubicará al menor en otro contexto “para que no moleste”, donde este seguirá recibiendo la precariedad propia del modelo.

Una infancia empobrecida y violentada es claramente una de las más grandes escorias del capitalismo y a este no le conviene su visualización.

Bajo esa premisa, resulta que habitualmente minimizamos al infante. Así nos educaron, nos enseñaron e instalaron a la infancia como un tema privado donde cada familia ve como resolver, olvidando que el NNA es una persona, ser social y sujeto de derechos, por tanto se relaciona con todos los entes que le rodean por acción u omisión. Y normalmente no prestamos atención a sus necesidades o nos limitamos a resolver las más básicas, tales como la alimentación y vestimenta, desplazando todos los otros aspectos, quitando la debida importancia a todos los conflictos anteriormente descritos y en algunos casos, aún más, pues se suma la violencia -directa- doméstica.

A nivel latinoamericano, nacional y regional el maltrato a NNA representa un problema de salud pública que compromete la integridad física y psicológica de más del 60% de la población menor a 18 años (Chile) según estadísticas de UNICEF, con severas consecuencias inmediatas como la desconexión de las emociones, la incapacidad de generar lazos afectivos en base a la confianza, baja autoestima, constante estado de estrés con insomnio, pérdida de apetito, obesidad, ansiedad, comportamientos violentos, entre otros y consecuencias a largo plazo como relaciones amorosas violentas, incapacidad de reconocer emociones, ansiedad, falta de empatía, problemas de adaptación, mayor recurrencia a vicios, etc.

A diferencia de lo que muchos creen, estos efectos se pueden desarrollar desde el primer episodio de maltrato si es que no existe una contención posterior. De la misma forma, podemos presenciar consecuencias negativas tanto con un golpe, como con los gritos y humillaciones verbales por lo cual resulta necesario concientizar que así como no golpeamos a nuestros amig@s y familiares cuando no nos entienden, tampoco lo debemos hacer con los NNA, ni aunque sea un “charchazo correctivo”, pues es el mensaje en esta acción lo que atenta contra su salud, la idea de que no entender o cometer un error trae como consecuencia un golpe o violencia verbal, generando gran miedo, pena y angustia.

Con l@s NNA en casa, la desinformación, la costumbre de no atender a la necesidad emocional de los menores, la lógica estatal de ignorar y la cuarentena, suben los elementos de riesgo y el contexto se vuelve “apto” para el aumento del maltrato infantil. L@s cuidadores compatibilizando cientos de tareas, la crisis económica, la falta de redes y las adversidades propias del coronavirus recaen especialmente en la infancia quienes se han visto carentes de sociabilización con sus pares, reciben la violencia incrementada proporcionalmente a los niveles de estrés en el entorno, se han visto 24/7 bajo el mismo techo que sus abusadores, faltos de entendimiento y políticas públicas para el caso, que en solo un mes nos deja con el 70% de NNA de barrancas en situación de violencia.

Entonces, ¿qué hacer?

Levantar redes. Redes con y para la infancia. Espacios en casa, en la plaza, en la olla común, en los colegios, en la pobla, donde sean escuchados.

La idea de que la infancia y su violación de derechos es un tema privado ha cobrado incluso vidas y la poca relación que tenemos como sociedad en su protección nos deja de manos atadas ante casos brutales como todos aquellos en SENAME, presenciar golpes (escena común en espacios públicos) o cuando vemos niños carentes de cuidados básicos como higiene.

La ausencia de elementos de protección para NNA los pone día a día en una balanza que los empuja a la profundización de la precarización, donde estos se desescolarizan, algunos inician con consumos de droga para poder lidiar con las consecuencia psicológicas y otros “delinquen” para poder obtener los medios materiales necesarios para sobrevivir y ante tan cruel verdad, el estado criminaliza, encierra y aísla, porque estructuralmente la pobreza y la infancia no son más que una eslogan de campaña.

La única forma de actuar sobre ello es reconocer esto como un problema político y no dejarlo fuera de nuestros análisis, pero por sobre todo, involucrándonos, levantando espacios seguros de información para quienes están a su cuidado, de reparación efectiva para NNA, de relación entre pares, de integración social, entregando herramientas y generando ambientes para que se expresen y se sientan validados.

El COVID-19 hace compleja la labor, pero no imposible. Tenemos el deber de empezar a pensar como entre tod@s, los protegemos. Como la comunidad pasa a ser la contención y evitamos que vayan al cuidado del Estado, que los ignora e ignorará, porque no son fuerza de trabajo ni generan ganancias para las empresas.